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la verdadera identidad de pedro calleja

Veranos de cine: De repente, el último verano

Veranos de cine: De repente, el último verano Hay un verano caníbal escondido en un invernadero tropical. Es un verano definitivo, drástico, del que nadie quiere acordarse. Ni siquiera la pneumática Elizabeth Taylor, titubeante sobre sus zapatos de tacón de aguja, enloquecida por una pulsión sexual que no entiende o que entiende demasiado bien, encerrada en un manicomio sin cerraduras. En su busca llega un médico con cara de hombre triste, Montgomery Clift, traumatizado por un carisma de actor maldito que le pesa también al otro lado de la pantalla. Los dos tratan de echarse una mano compartiendo escenas de terapia y confesiones de perfil. Se saben guapos y se notan rotos. Por eso lamen sus heridas. Por eso se quieren sin decirlo. Les vigila desde lo alto de un trono-ascensor Katharine Hepburn, apergaminada, cosida como una cicatriz a su personaje de matriarca sureña sin sangre en las venas. Ella es la que abre las puertas del jardín interior y describe una a una todas las flores del mal que guarda en él. Allí, entre la densa vegetación, va despejándose la incógnita que envenena el texto teatral escrito por Tennessee Williams (transformado por Gore Vidal en un guión de cine que parece una enredadera de frases elegantes). De las páginas de un diario surge un flashback ambientado en el sur de España, protagonizado por un hijo consentido, canalla, gay, que acaba devorado por una jauría de chaperos adolescentes. Son estas escenas delirantes, psicotrónicas, blanquinegras y racistas las que reconcilian con los clásicos a los cinéfagos vacacionales. ¡Viva la muerte!

De repente, el último verano (Suddenly, Last Summer), de Joseph L. Mankiewicz. Estados Unidos, 1959.
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