Son la bandera blanca de un país menor de edad que contemplo con ojos de ranura eléctrica, chisporroteante de excitación. La ondea una niña que es mujer, que es real, que sabe cómo me llamo y lo que quiero. Acepto su regalo de caramelo chupado, pegado a una lengua larga que, imagino, conecta en lo más profundo del estómago con el motor del movimiento armónico universal. Hundo la nariz en el algodón de un primerísimo primer plano. Inspiro y me olvido de expirar.
© 2004