Ludmila, como Luzbel, aparece de pronto, entre nubes de azufre, amarilla como un pecado ancestral heredado de padres o abuelos. Llega con ganas de romperlo todo otra vez: por eso se desnuda tan rápido. Luego, abriendo mucho los ojos, pronuncia nuestros nombres uno por uno, intencionadamente, repartiendo maldiciones. A mí me toca el Amor. Es decir: seré el primero y el último que toque su cuerpo.
© 2004