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la verdadera identidad de pedro calleja

¡Aquí va a pasar algo!

¡Aquí va a pasar algo!

Tenemos la televisión que nos merecemos. Es decir: una de las mejores. Basta apuntar con el mando a distancia a otras latitudes catódicas y zapear concienzudamente. EEUU, Japón, Sudamérica, toda Europa. ¡Nada que hacer! No existe una programación tan mutante y divertida como la española. Quizá sean ellos los que inventan los formatos, pero nosotros les añadimos sal, pimienta y sustancias alucinógenas.

Sucedió con el primer Gran Hermano y con algunas fases —y frases— de la segunda temporada de Supervivientes. Pasa, una noche sí y otra también, con los coloquios chiripitifláuticos de Crónicas Marcianas, Tómbola y El Vagamundo. Acaba de pasar hace un par de semanas con la emisión-piloto de Confianza Ciega. Me refiero al chispazo eléctrico, a ese no-sé-qué irracional que nos engancha a la pequeña pantalla. Los programas que, como éstos, combinan astutamente realidad, ficción y parasicología social afectan al hipotálamo y desordenan las neuronas. Producen un placer indescriptible y vergonzante. Ni el cine ni la literatura ni el teatro ni la gastronomía llegan tan lejos. La hipocresía es lo único capaz de anular su poder de seducción. Curiosamente, los intelectuales siguen negándose a reconocer que sólo la tele provoca este tipo de sensaciones. Allá ellos.

Operación Triunfo pertenece a este grupo de fenómenos mediáticos. Los teleadictos más curtidos alucinamos viéndolo. Parece una versión interactiva de la serie Fama; un experimento metalingüístico digno del primer Orson Welles, el de la emisión radiofónica de La guerra de los mundos; una gran broma que todo el mundo ha acabado tomándose en serio.

Los chicos y chicas que estudian en la Academia tienen pinta de actores que interpretan personajes de ficción. Sus diálogos suenan huecos y emocionantes al mismo tiempo. Nina hace de profesora severa con el convencimiento de una esquizofrénica que se disfraza de Darth Vader. Me da que éste es el primer concurso de talentos de la historia del medio televisivo que adopta el esquema de un falso documental emitido en directo. O algo muy, muy parecido.

La originalidad de OT también se mide por su capacidad de reacción ante las críticas adversas. Atentos a lo que se ha ido publicando semana tras semana en las páginas de humor conspiranoico de LA LUNA, los responsables del programa se han sacado de la manga amnistías navideñas y oportunas repescas. Tampoco han dudado en montarse una mercadotecnia multimillonaria e invitar al plató a estrellas del artisteo en época de promoción. Han demostrado ser astutos, ágiles y oportunistas: tres de las virtudes que caracterizan a la mejor televisión del siglo XXI.

Por último, lo que más me seduce de OT como espectador y ciudadano ávido de emociones fuertes son sus efectos secundarios: 1) La inminente aparición de copias conformes en otros canales televisivos como concursos de modelos, actores y futbolistas; 2) La irrupción de decenas de cantantes clónicos en el mercado discográfico español: lo único que les diferenciará serán sus nombres de pila; 3) La proliferación de academias privadas similares a la descrita en el programa, una de ellas dirigida por la mismísima Nina; 4) El abandono masivo de los estudios universitarios en favor de estas academias de perfeccionamiento artístico; y 5) El resurgimiento del movimiento punk a través del karaoke. Aquí va a pasar algo. ¡Por fin!

Artículo publicado en el suplemento La Luna del diario El Mundo, en su edición del viernes 15 de febrero de 2002.

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1 comentario

indianpricess -

Visionnaire,mon ami!
Bon Courage!
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