La primera
vez, la ví
por la violencia de sus imágenes: era
un niño.
La segunda, por
el mensaje
anticonservador y enrollado:
era un joven idealista.
La tercera, por la estética
años 70
de ciencia ficción:
me hubiese encantado vivir
en un entorno parecido,
sin dar golpe,
asistiendo a fiestas
caras en las que se reparten
drogas y se
coquetea
con todo el mundo.
He crecido.
Ahora sólo soy
un adulto con mentalidad de post
adolescente.
El movimiento costra me da risa.
La globalización no me preocupa.
Prefiero vivir bien
que hacerles la vida imposible
a los que viven bien.
Me he convertido en el malo de la película.
© 2002