En las pupilas de Machiko baten alas dos pájaros negros. La nota distorsionada de un órgano de iglesia vibra dentro de sus pechos diminutos. Si los toco, se me clavan los pezones en las palmas de las manos. Estigmas. Signos de la cruz. De su boca cae entonces un acertijo. Lo resuelvo y mi pasado arde para siempre. O viceversa.
© 2004