Creí que el huracán me había levantado por los aires. Que, en cuanto dejasen de girar los muebles, los libros y los cds de Falete a mi alrededor, caería al suelo con la cabeza por delante. Pero no. Resulta que no estaba volando, sino flotando. Flotando en ese inmenso mar particular que me protege de los golpes mortales desde hace años. Mi suerte mojada. Aquí, sólo corro el peligro de ser devorado por una bestia abisal. Una más grande, más vieja y más sabia que yo. No la veo venir, pero sé que está ahí, en lo oscuro, observándome.