No tengo los pies en el suelo. Nunca los he querido tener. Ni ahora, a los 43, ni cuando tenía 17 y era torpísimamente guapo. En los últimos dos días, he pasado del estado volatinero al acuoso, por motivos engorrosos de explicar. Pasada la tormenta, lo lógico sería que transitase sobre tierra firme. Pero no. Vuelvo a estar como siempre: retozando sobre algodones de amor. Amor de amores.