Machiko lleva trece agujas clavadas en el corazón. Me las enseña transparentando la carne de su pecho, después de trazar con las manos en el aire los signos de un arte arcano. Colgado del cinturón, entre los pliegues de la falda, esconde un florete enfundado en su vaina, de punta afilada e impregnada en veneno. Lo maneja con letal economía de gestos. Cada mañana, desnuda y sudorosa, Machiko se acerca amenazante con el acero y pisa mi rostro. Yo lamo la planta del pie entre sueños evanescentes mientras la punta del florete roza el capullo de mi polla dura, insensibilizándolo un poco. Cae sobre mí entonces todo el peso de un amor-lluvia que mastica sin dientes.