Beatriz, que parecía muda, nada más cumplir los 17, me confesó una noche que ya estaba harta. Harta de muchas cosas. Por ejemplo, de todo lo que su novio le obligaba a hacer: lo de tener que ponerse medias de rejilla, lo de follar con los zapatos de tacón puestos, lo de tragarse su puta lefa. Demasiados caprichos. Demasiados tópicos. Demasiadas gilipolleces. Se lo soltó tal cual, sin cortarse un pelo, y él reaccionó como un auténtico imbécil. Por eso soy yo ahora quien está a punto de metérsela a Beatriz por el culo en su lugar. Claro que, antes, he tenido que dejar que ella me follase a fondo con un consolador talla XXL de color negro. Varios fines de semana seguidos.