
Me voy para no verte más.
Así te querré menos.
Después de estar tan triste,
no me va a costar mucho odiarte.
El odio es imprescindible, en estos casos.
Luego llega siempre la indiferencia.
Y con la indiferencia, el olvido.
En el futuro sé que reaparecerás fragmentado
en mil pequeños recuerdos incompletos:
te reconoceré en el cuerpo de otros,
por ejemplo, y en ese tipo de mirada
que a mí me descoloca tanto.
Volveré a enamorarme, claro.
Seguro.
No sé cuándo. Ni de quién (aunque
sonrío al pensarlo).
Eliminaré de mi organismo
todo lo malo que hemos construido a medias.
Con lo malo, me temo, se irá también lo bueno.
¡Qué se le va a hacer!
¿De qué nos serviría,
si ya no estamos juntos
para disfrutarlo? Lo bueno
fue bueno mientras duró.
Muy poco. Casi
nada.
Por eso te odio.
Por eso me he ido.
Por eso vas a esfumarte de mi mente a la de cuatro.
Ya.
No.
Te.
Quiero.