
Sigo leyendo a Sándor Márai. Fragmentando sus novelas en párrafos brillantes. Como éste, que pertenece a La amante de Bolzano: “Te amo, y por lo tanto te juzgo. Te amo, y por lo tanto exijo que seas valiente. Te amo, y por lo tanto te recreo, te arrastro conmigo, y aunque estuvieras tan fijo como una estrella del firmamento, brillante como un diamante, te llevaría conmigo, te sacaría del orden del cosmos, de tu ley y de tu género artístico, como tú lo llamas, porque te amo”. Quien pronuncia estas palabras, ya inmortales, es una mujer. Se las arroja a la cara, con mucho estilo, al mismísimo Giaccomo Casanova, que se queda mudo de admiración e impotencia masculinas.