Veranos de cine: Calma total

El arisco irlandés y la rizada australiana navegan sin rumbo fijo a bordo de un yate para dos. Desean olvidarse de una tragedia familiar reciente y, de paso, hacerle la respiración boca a boca a su naufragado matrimonio. Por el camino van y se encuentran con un solitario psychokiller que les pone a cien por hora con sus juegos de mano tonta y sus labios carnosotes. Poseído por el personaje que interpreta, Billy Zane se pasa tres pueblos acosando a la futura esposa de Tom Cruise, después de arrojar por la borda el cuerpo magullado de su rival testosterónico.
A partir del minuto 55, más o menos, la principal preocupación del director consiste en mantener el suspense morboso de la trama sin marearse con el balanceo del barco (y del guión). Tanto empeño pone en la tarea, que consigue pegárnosla varias veces seguidas reutilizando trucos y sustos ya vistos y oidos en otra parte. No problem. Ultimamente la memoria estival de los cinéfagos anda algo deteriorada.
Un momento para el recuerdo onanista: Nicole desparramando su cabellera pelirroja sobre la dura cubierta del velero, poniendo morritos de ’please, no, oh my god’, mientras el bestia de Zane se entretiene despeinándose en zona peligrosa.
Calma total (Dead Calm), de Philip Noyce. Australia, 1988.
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