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Veranos de cine: ¿Quién puede matar a un niño?

Veranos de cine: ¿Quién puede matar a un niño?

Las historias para no dormir no necesitan parajes de ultratumba para quitarnos el sueño y el habla. De eso sabe mucho Chicho Ibáñez Serrador, más conocido como el Rey Midas de la mejor TVE de nuestras vidas. En su segundo largometraje como cineasta con vocación internacional, tras el muy perturbador y sexy La residencia, no salen criptas iluminadas por la luz de la Luna ni caserones en sombra con esqueletos escondidos en la alacena. A diferencia de las típicas víctimas propiciatorias del cine de terror gótico, los protagonistas de su película, un biólogo preocupado por el medio ambiente y su embarazadísima esposa pecosa, se enfrentan a un puñado de casas blancas y un sol de justicia en una pequeña isla mediterránea. Durante la primera media hora de sus vacaciones, todo parece transcurrir con normalidad: hay niños silenciosos que juegan en grupo y lagartijas que huyen del excrutinio ajeno dejando tras de sí trozos de sus colas. Lo que empieza a provocarles un imperceptible rechinar de dientes, lo mismo que a la mayor parte de los espectadores más desprevenidos, son las alcobas vacías, los bares cerrados y el ambiente de siesta perpetua en el que está inmerso el conjunto. Se diría que el primo español de Stephen King ha pasado por aquí. La razón de tanta sinrazón llega disfrazada de alegoría progre. Hartos de sufrir las consecuencias de los actos irracionales de los adultos (guerras, contaminación, capitalismo salvaje), los niños del lugar han decidido rebelarse. Pirañas, Titos, Panchos, Javis, Beas, Desis y Quiques están dispuestos a cambiarle el color al verano azul comiéndose crudos a sus propios padres. Ni Chanquete se salva.

¿Quién puede matar a un niño?, de Narciso Ibáñez Serrador. España, 1976.

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