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la verdadera identidad de pedro calleja

Sam Raimi: Mis Posesiones Infernales

Sam Raimi: Mis Posesiones Infernales Acabo de cumplir los 41. Soy un tío con suerte. En su día, tuve el privilegio de descubrir a Sam Raimi en un cine de barrio. Fue a principios de 1984. Recuerdo que, por puro capricho de freak en etapa de formación, una tarde decidí saltarme las clases universitarias y dejar plantada a mi novia pecosa para ir a ver una película de terror de la que nada sabía.

Se titulaba Posesión infernal. Crucé medio Madrid hasta llegar a la única sala en la que aún se explotaba comercialmente, situada en una zona poco recomendable. Pagué mi entrada, elegí butaca, clavé los ojos en la pantalla y, al cabo de menos de 90 minutos, salí a la calle transformado en otra persona. Más desprejuiciada. Más postmoderna.

Enseguida me enteré de que Posesión infernal era el disfraz que le habían puesto los distribuidores españoles a Evil Dead, la opera prima de un veinteañero de las afueras de Detroit que había invertido todos sus ahorros y los de sus colegas en el proyecto. Uno de los grandes éxitos de la temporada en los festivales de Cannes y Sitges,

En el número 2 de mi fanzine SerieB, que se puso a la venta en abril de 1984, incluí una reseña crítica de la película. En ella me atrevía a afirmar que Raimi había inventado una nueva forma de hacer cine de terror; que Evil Dead poseía la misma energía fundacional que La noche de los muertos vivientes o La matanza de Texas.

20 años después de haberlo escrito, aquel texto entusiasta me sigue emocionando. ¡Qué olfato! ¡Qué sinceridad! ¡Qué ganas de armar bronca! Por si fuera poco, la existencia misma del libro que ahora mismo estoy prologando confirma la validez de mis viejas convicciones de fan fatal, lo que me hace doblemente feliz.

En junio de 1987, entrevisté a Raimi por primera vez. Sucedió en París, durante la celebración del XVI Festival International du Film Fantastique et de Science-Fiction, organizado por los hermanos Alain y Robert Schlockoff, cabecillas de la legendaria revista especializada Écran Fantastique. Los tíos alucinaron cuando les expliqué que había hecho el viaje desde Madrid sólo para conocer al autor de Evil Dead.

Raimi presentaba en el certamen Evil Dead 2, que fue acogida por los cientos de freaks que llenaban la sala del Grand Rex con alaridos, danzas desenfrenadas y lanzamiento de objetos contundentes al escenario. El propio realizador incitó a la masa enloquecida simulando una aparatosa caída antes de presentar la sesión.

Previamente, ambos habíamos tratado de mantener una conversación sobre dibujos animados y literatura de terror, pero no conseguimos entendernos demasiado bien. Sam no tenía ni idea de quién era Tex Avery, aunque conocía la mayor parte de sus cartoons para MGM y Warner. También aseguraba que, cuando rodó el primer Evil Dead, todavía no había leído nada de H.P. Lovecraft. Me pareció rarísimo.

Tras la experiencia parisina, entrevisté a Raimi en diversas ocasiones, siempre en el marco del Festival de Sitges. Todos los encuentros incluyeron comentarios sobre Lovecraft, Avery, Chuck Jones, Bugs Bunny, el Pato Lucas, los 3 Stooges y cien mil temas por el estilo. Estaba claro que ya llevaba la lección bien aprendida.

El tiempo ha colocado al responsable de Evil Dead en el lugar que le correspondía. Es decir, en lo más alto, por encima de Quentin Tarantino, Peter Jackson, Guillermo del Toro y Alex de la Iglesia, por poner cuatro ejemplos de cineastas con pedigrí freak. Este libro, en el que se repasa su obra con obsesiva minuciosidad, aparece en el mejor momento: inmediatamente después de que Raimi haya logrado alcanzar, con Spider-Man 2, el grado máximo de su talento cinéfilo y cinéfago.

Léanlo de un tirón. En un solo plano secuencia.

Prólogo del libro “Sam Raimi. De la transgresión al neoclasicismo” (Calamar Ediciones/Festival de Sitges 2004), con textos de Quim Casas, Desirée de Fez, Hernán Migoya, David G. Panadero, Miguel A. Parra, Joan Pons y Ángel Sala.
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1 comentario

PUTOKRIO -

Ya estamos enlazados, maestro.
Y bienvenido sea usté, copón.
Y qué gustazo volver a leerle, hostias.
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